13 Sep 2010

Ciruela

Me encuentro atrapada en medio de túneles enlarvados y pasadizos humedecidos. La casa es tan antigua y amplia que no dejo de sorprenderme de sus dimensiones; en sus paredes blancas, por las que corren bichos raros, se deslizan cadáveres de palomas, grillos y otros insectos verdes, alados, que hasta ahora desconocía.

Por las cortinas transparentes de las ventanas se cuela la luz del amanecer. Hay tantos balcones y muebles tan pobres que no sé hacia dónde dirigirme. Sé que alguien me persigue; al escuchar cualquier ruido, por mínimo que sea, respingo y corro desesperadamente hacia otro laberinto.
Al tratar de huir descubro la parte interna de la casona, es negra, oxidada, con caracoles que caen y golpean mi cabeza. Escucho los gritos que vienen tras de mí y escalo por algunos tubos de metal viejo en busca de la luz. Salgo a otros cuartos impregnados de cochambre y ácido, abro compuertas, cruzo por escaleras de caracol que se desmoronan, por fin logro salir a una de las partes más altas de la casa, es completamente de noche.
Por una de las rendijas de la azotea miro reventar en el cielo una guerra intensa de cohetes que hacen crujir mis oídos. Aguzo la mirada y aprecio a decenas de mujeres desnudas que se embadurnan con pintura blanca, que también se encuentra regada por el piso. Al rodar sobre este lienzo, dan un espectáculo alucinante de fuego y carne viva en movimiento.
Regreso a la casa. Al entrar siento las marejadas de maldad sobre mi espíritu. Los habitantes de la mansión se alejan de mí. Nadie me mira y mucho menos se atreven a invitarme al comedor. De entre las personas ancianas, vestidas de negro, surge la figura de una pequeña niña. Está peinada de raya en medio y dos trencitas. Le pregunto: ¿Quién es esa mujer de cabello negro que baila en la explanada con las otras?
—¡Ah, es Ciruela... mi hermana!
—¿Vive aquí?
—¡Sí, sólo que nadie la quiere porque está loca!
La niña me tomó del brazo y me jaló hacia un cuarto de baño enorme. El vapor brotaba de diminutos baldes de agua similares a los de un baño turco. El cuarto estaba forrado de mármol blanco, con vetas de un verde brillante.
En ese momento Ciruela entró al baño toda cubierta de pintura blanca, su cabello escurría azul como la lluvia del cielo. El agua tibia de las pozas desvaneció la pintura fresca de su cuerpo. Se acercó lentamente a mis labios, un temblor tan fuerte como una cascada vino a mí. Sentí un escalofrío absoluto cuando Ciruela introdujo su lengua dentro de mis labios, en forma de serpiente cosquilleante hasta encontrar mi paladar. Apretó con fuerza mi cuello; con sus manos acarició mi espalda y arrojó al suelo mis prendas mojadas, por último, ciñó su estómago al mío. Luego, comenzó a frotar sus amplios pechos sobre la periferia de mis senos unidos a su piel... Las regaderas mojaban nuestros ojos cerrados como dos fresas. Las gotas de sal escurrían por sus largas pestañas. Sus cejas arqueaban el silencio del agua.
Ciruela rozaba lentamente mis mejillas acaloradas como un pez que se desvanece por la humedad de cada muslo. Su largo cabello tan azulado se enredaba entre mis brazos al apretarla contra mi aliento. Sus pezones erizados frente a mis labios eran delicadas nubes desenhebradas.
En ese momento la pequeña niña también desnuda se deslizó entre nuestras piernas, besando finamente el par de pubis como si saboreara el jugo de dos peras frescas. El agua caliente rociaba las inmensas nalgas de Ciruela, su amplitud enrojecida me recordaba el olor de las manzanas maduras, la mordía sintiendo fluir el néctar de su corazón entre mis labios.
Ciruela se hincó frente a mis manos. Profundicé con mi nariz hasta los últimos rincones de su aterciopelada piel, hasta que ambas nos transfiguramos en azules mariposas. Su voluptuosidad se derritió entre mis sueños, mientras su hermanita jugaba con nuestros cuerpos como si fueran manojos de uvas embriagantes.
En ese momento se apagaron las luces, las tres despertamos en aquel instante, de nuevo retornó el nerviosismo. Ciruela, recogió del piso su toalla empapada y abandonó el vaporoso baño. Su hermanita me explicó: ¡Ciruela tiene un monstruo gruñón que le pega!
Entendí que el ogro era su esposo o algo similar. Escuchamos como Ciruela aventó la puerta del cuarto contiguo, supongo que estaba atemorizada... De nuevo era de día. Los alaridos del carcelero traspasaban las paredes. Permanecí sentada en el suelo del baño junto a la niña. Imaginé el rostro pálido de Ciruela, vi como dejaba caer la toalla; pude imaginar sus pezones endurecidos frente a la cama del ogro y cómo quitó las cobijas para tocar su pecho y empaparlo de su savia.
También pude vislumbrar los rizos de su pubis dorado enfilándose rumbo al miembro del ser que más odia. Su hermanita y yo escuchamos inmediatamente los jadeos, el rechinido de los resortes viejos de la cama, los gruñidos del ogro que la poseía. Creo que en cada cerrar de ojos, Ciruela siente las lágrimas que derramo. Sé que desde ahora su cuerpo morirá frío, lleno de temblores y miedo.
Deseo que algún día visite de nuevo este jardín de frutas exóticas, donde su pequeña hermana y yo aguardamos desnudas, entre las ramas y el vapor del deseo que protege a las mujeres que tendrán alas; mientras tanto pensaré siempre que su verdadero nombre es Ciruela.

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Last modified on Tuesday, 18 September 2012 18:08
Niña Yhared

VISUAL & PERFORMANCE ARTIST

Website: www.yhared.com
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Niña Yhared 1814

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Niña Yhared (1814) she is one of the most important young performance artist in Mexico, her work is being recognized both, nationally and abroad; also specializes in the diffusion and promotion of the “Action Art” through her “performance” gallery “The House of the Girl”Read more About me

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